Robinson y Viernes

Más de tres mil islas forman Polinesia Francesa. Grandes o pequeñas, desiertas o habitadas, todas son de una inmensa belleza y se desparraman sobre las aguas del océano Pacífico como las estrellas en el fimamento. Bienvenido al paraíso infinito.

08/10/2012
 

 

Si estás alojado en el Hilton Bora Bora todo va bien. Muy bien. Piensas en tu casa a miles de kilómetros, en tu trabajo –el que tienes o el que ya no tienes–, en tu familia (que está tan maravillosamente lejos), y todo te da igual: estás en el paraíso. Es un tópico pero es cierto: trata de pensar en palabras como Bora Bora –o Tahití, Rangiroa, Moorea, islas vecinas– sin recurrir a esa palabra: paraíso. ¿Estamos David –el fotógrafo que ilustra este mismo reportaje– y yo preparados para soportar tanta belleza? Cuentan que el escritor francés Raymond Roussell llegó a idealizar hasta tal punto las costas de la India que cuando, tras meses de travesía, vio asomar los primeros signos de vegetación del país asiático, enfureció y mandó al capitán de su embarcación privada dar media vuelta inmediatamente y volver a Francia. Por cierto, ¿cómo será esa isla privada y desierta a la que nos llevan desde una barca del hotel?

Mientras llegamos a tierra daremos nuestras coordenadas. Estamos en un continente disperso: Oceanía. En un país que no es como los demás países que conoces: el mapa de Polinesia Francesa es como el del firmamento; prueba a dibujar 3.265 islas esparcidas sobre un hule azul marino. El territorio –4.167 km² de tierra repartidas en 2.500.000 km² de agua– se divide en cinco grupos de islas: Islas Marquesas, Tuamotu, Australes, Gambier y Sociedad. Estamos en este último archipiélago. Desde la caída de la reina Pomare IV en 1842, este país debe pleitesía a Francia, a la que reporta bajo el rubro de Colectividad de Ultramar. Antes de eso la Historia registra una sucesión de acercamientos (el portugués Fernando de Magallanes ya anduvo por aquí en 1521), descubrimientos (el castellano Álvaro de Mendaña dio nombre a las Marquesas en 1595) y desembarcos (el también luso Pedro Fernández de Quirós llegó a las Tuamotu en 1605). Las Sociedad –Bora Bora la primera– fueron descubiertas por Occidente en 1722, por el holandés Jakob Roggeveen. El imperativo periodístico nos ha obligado a dar todos estos datos históricos pero –que conste– nos complace más pensar en una feliz prehistoria de orquídeas y pesca, sol y absoluta tranquilidad. 

 

Es lo que parece encarnar esta isla desierta; en este motu, como llaman aquí a los islotes. La arena es blanca e inmaculada, las palmeras son altas y, dentro, la selva es tupida. La playa es curva y así deja ver la redondez de la isla, que no es tan pequeña como ésas que se dibujan en las viñetas para caricaturizar al náufrago, pero tampoco tan grande como para que no la circundemos en, no sé, un cuarto de hora o así. El barquero nos despide: dice que va al hotel para no sé qué y luego vuelve. Entonces cada uno recorre la isla en una dirección. David merodea por allí, mirando a través del hueco que queda en su puño cerrado, emulando su cámara de fotos para ver a qué le tira; yo iré por allá. Los fotógrafos piensan en imágenes. Aquí lo tiene fácil; donde apunte va a capturar algo bello. Los que escribimos pensamos en historias. Si tienes cuarenta y pico, posiblemente leíste (aunque fuera en un libro con dibujos) a Emilio Salgari. Robinson Crusoe, claro está. Se me ocurre que David sea mi Viernes. Le pego un grito y le mando traerme unos cocos. Me mira como si me hubiera vuelto loco. Es broma, le digo. Pienso en la isla. Y en el hotel que nos ha traído a visitarla. ¿Cómo puede un hotel ser dueño de una isla? Honestamente, ¿viajaríamos tanto –y sobre todo a determinados lugares– si no existieran estos maravillosos Hiltons, Intercontinentales, Four Seasons? Polinesia, país de islas y de hoteles, no es lugar desierto, pero tiene una densidad de población bastante reducida: según datos de 2011, son unos 300.000 habitantes. De ellos, 180.000 moran en la isla de Tahití, y buena parte en su ciudad-capital, Papeete. Perdón por el salto: debimos empezar por ahí, pues fue nuestro puerto de entrada.

 

Sobre Tahití

Allí el 90% de la población vive del turismo. El pescado, la fruta, las perlas y el monoi –aceite perfumado extraído de la flor nacional, la fragante gardenia tiaré que adorna el pelo de toda tahitiana– también contribuyen a la economía nacional, que en todo caso está soportada por la francesa (el Alto Comisionado francés reporta con París, y la Ley Girardau dicta que toda gran obra sea financiada por Francia). 

Huelga decir que la vida es tranquila –como en cualquier lugar donde los números de teléfono tienen seis cifras– aunque, por extraño que parezca, no está libre de atascos en la carretera (hay 200.000 coches en la isla principal). Se come deliciosamente: manda el pescado (el rey es el mahi mahi), que se come en ceviche –lo llaman poisson cru–, sashimi o tartare. Se cocina con ipo (harina de pan con coco cocida con sal y azúcar) y mandioca. Hay ricos puddings de calabaza o plátano, y una verdura muy interesante que recuerda a la espinaca y se llama taro. Los restaurantes –y, en algunas plazas y calles, las tradicionales roulottes– sirven todos estos productos tradicionales; a veces ampliados por la vía de la cocina china local (chao-men). Los domingos hay hima: asado bajo tierra, comida ceremonial e ideal para familias numerosas. ¿Qué más contar de ese isleño bienaventurado que es el maorí, o tahitiano? Que le gusta el fútbol, las canoas, combinar surf y barbacoa. Que aprecia un buen hala, el exuberante baile tradicional. Que aunque le pega ser budista, es protestante (sólo en las Marquesas hay mayoría católica). Toma cerveza nacional; la suave Hinano cuyo logotipo de la tahitiana y la palmera se reconoce al kilómetro, y estampa camisetas, gorras y shorts. ¿Cual es la palabra que más dice y escucha? Maururu: gracias. 

Si tienes cuarenta y pico años también recordarás esa película vergonzosamente almibarada de nombre El lago azul. Miro a mi compañero y compruebo algo que ya temía: él no es Brooke Shields. Enfurecido por mi descubrimiento, le lanzo una piedra. Pero no le doy. Él mira extrañado, y como si hubiera sido su imaginación, sigue enfocando con el puño.

 

Hogar de Marlon Brando

Echo a andar por la isla desierta y al rato me acuerdo del actor norteamericano. No muy lejos de aquí, en estas mismas aguas, está el atolón de Tetiaroa, que la estrella compró y utilizó de morada durante los años más felices de su vida. Es fácil comprender que fueron también los años en que empezó a desinteresarse por el resto de los mortales, ¿quién no hubiera reaccionado así? 

La leyenda de Brando se asocia a una de sus películas más flojas, Motín a bordo. Corre el año 1874 y un barco inglés –el Bounty– trata de llevar a Jamaica un cargamento de la planta conocida como árbol del pan; creían que tenía futuro como comida. A su paso por Tahití, la tripulación descubre una exuberancia sin igual (las mujeres del lugar tienen algo que ver con ello). Pero el capitán Bligh, un notable tirano que tiene en contra a buena parte de la tripulación, les hace seguir camino, y somete a cuarenta días de calma chicha. Semejante aguafiestas tiene que soportar un motín: es el momento de máximo protagonismo de Brando, ese subcapitán Christian Fletcher que, tan pronto como puede hacerse con el mando, enfila a Tahití; allí todos se casan con alguna belleza local y ya está, felicidad total, no hay que complicarse más la vida. La estrella de Omaha lo hace también en la vida real; con Tarita Teriipia tendría dos hijos –Simon Teihotu y Cheyenne; esta última tristemente célebre a raíz de su suicidio– y una larga y tormentosa vida conyugal, de la que se puede leer en sus memorias Marlon: mi amor y mi tormento. La viuda vive aquí, en Bora Bora.

¡Ah, Bora Bora! Imaginarse el lugar escrito en letras estilo tiki –que vienen de esos totems protectores, esas esculturas antropomórficas–, con música de ukeleles, con baile. Luego dejarse llevar a otra isla vecina. Rangiroa, por ejemplo. Es un atolón, un anillo de tierra; en realidad una anti-isla: el interior es una laguna y lo demás es una carretera circular marcada por pequeñas poblaciones. La playa está a ambos lados de nuestra vista –a la izquierda la laguna, a la derecha el océano o moana– y todo transcurre a ras de suelo. Se acostumbra el ojo al celeste piscina. Y el estómago a las delicias locales. Crevettes croustillants de Vairao… Legumes croquants et salade en vinaigrette de mango… Mahimahi minute de champignons et pota, avec beurre blanc au cumin… Ah, mis disculpas por este nuevo salto, por volver a perder el hilo. En mi defensa explicaré que es hermoso moverse de isla en isla por la Polinesia Francesa, donde el viaje siempre se celebra con un nuevo collar. Cada vez que te vas, te cuelgan uno hecho de pequeñas conchas. Y cada vez que llegas te coronan con otro hecho de pequeñas y olorosas flores. La ceremonia tiene que ver con lo perecedero de estas gardenias: no te durarán mucho en tu nuevo destino. 

David me mira desde una hamaca que ha encontrado por ahí, ignorando que mi mente está perdida en un maravilloso Día de la Marmota: resort, viaje, aeropuerto, collar de conchas, avión, aeropuerto, collar de flores, otro resort… En este país volar es tan fácil como coger el autobús; viajar es un placer con Air Tahiti, no me queda más remedio que dejar ahí ese eslogan. Mi compañero de aventuras me cuenta sobre su reciente inmersión. Ha bajado por el jardín de coral y entrado a bucear –con botella– al interior de la laguna, ahí donde se mezclan las corrientes caliente y fría formando una neblina característica; arriba plata virgen, mercurio transparente; abajo los delfines, los bancos de peces, barracudas, mantarrayas, tortugas, rémoras, morenas, el tiburón martillo… Yo digo “hmmm” y sigo fuera de las profundidades marinas, en mi propio mundo del que no quiero despertar, donde todo es agradable y en el fondo tiene esa misma dulzura de la corriente de la laguna que te lleva hasta el mar…

Entiendo a Jacques Brel, que quiso librarse de su vida belga, que grabó Les Marquises y se retiró aquí en 1973: se hizo con un velero y un bimotor con el que hacía de taxista para el que lo necesitara. El autor de Ne me quittez pas está enterrado en Atuona, en la isla de Hiva Oa, a pocos metros de la otra celebridad extranjera: el artista Paul Gauguin. Mucho más conocido pero mucho menos querido, fue el grandísimo pintor que tuvo claro que lo mejor de su producción lo haría aquí. No quieren a Gauguin –de quien ha quedado un modesto museo cerca de Papeari, en la isla de Tahití– por bohemio y por promiscuo, sé de alguien que vino de visita a Tahití en los años setenta y llegó a conocer al último de sus vástagos: las autoridades del país exhibían su retraso mental como una consecuencia de la amoralidad del pintor. 

Si viviéramos aquí...

Polinesia es una miríada de islas que aloja el sueño de lo que tú y yo haríamos si nos fueran realmente bien las cosas. Tendríamos una casa aquí. Podría ser una casa prefabricada rodeada de cocoteros. Incluso un bungalow sobre el mar, de esos con el suelo de cristal para ver pasar a los tiburones y las mantarayas, y un embarcadero a pie de mar donde bañarnos cada mañana entre pececillos de colores. El tiempo pasaría muy lento. Sabríamos el nombre de pájaros y árboles. Dominaríamos la perlicultura. Aprenderíamos las historias que cuentan los oreros, los contadores de leyendas. Visitaríamos la isla sagrada y cercana de Rayatea: toda la cultura mahorí empezó aquí, y de aquí emanó la diáspora: a Hawai, a Isla de Pascua, a Nueva Zelanda… Nuestros tatuajes nos hermanarían con todos ellos. Rendiríamos culto a los maraes, las esculturas de piedra de los templos ancestrales. Jugaríamos a la petanca; una costumbre francesa que nos haría gracia y querríamos perpetuar. Arreglaríamos barcas. Coseríamos redes. Conoceríamos las estrellas; serían nuestra brújula. De abril a octubre llovería, y qué. En noviembre y diciembre llovería aún más fuerte: pues vale. Leeríamos a Stevenson, a Jack London, a Herman Melville: a todos los grandes escritores que bogaron por aquí. 

En los raros momentos de aburrimiento, iríamos a dar una vuelta a otra isla. Moorea, por ejemplo. La recorreríamos en bicicleta. Cruzaríamos sus riachuelos. Pararíamos a escuchar el quejido que hacen los árboles en los bosquecillos de bambú al doblarse. Descansaríamos al pie del monte Bali Hai. Por doquier habría niños y niñas jugando, familias enteras bañándose en las playas, pequeños colmados con productos básicos, alguna piscifactoría camaronera, alguna granja con chiles y vainilla. Por la noche bailaríamos al son del tambor pahu, de la flauta vivo, del alegre ukelele. Luego sentiríamos el rumor tranquilo de las olas; los chasquidos de las salamanquesas junto a las lámparas de keroseno, algún pájaro desvelado. Y al día siguiente, lo mismo. Iríamos al mercado. Las frutas serían tan exóticas que no tendrían traducción al español; olería a especias. Quemaríamos madera vieja para ahuyentar a los mosquitos. Luciríamos flores en el pelo y un pareo todo el año. Brindaríamos y diríamos manuya: salud.  

 

¿Pero qué ruido es ese? Viene el lanchero. ¿Más turistas? No puede ser, maldita sea… A los turistas los odiamos porque son como nosotros. Traen caras de Robinson y Viernes. Ya cuesta más pensar en lo de la isla desierta. Pienso en hacer acopio de piedras. “¡Rápido! David, deja la cámara: vienen a invadirnos. A quitarnos nuestra isla”. Además creo que hablan español. Imagino una guerra entre España y Polinesia Francesa. Sin motivo y sin futuro. Sería una buena excusa para desertar: que ganara Polinesia. Para hundir la lancha, quedarse aquí para siempre, no echar esto de menos. David sigue haciendo fotos. No me oye. Estoy solo con mis rocambolescos planes.

En fin: ya están aquí. El lanchero trae pollo, mahi mahi y una guitarra. Luego haremos planes. Algo se nos ocurrirá. Estamos en el Hilton Bora Bora y todo va bien. Piensas en tu casa a miles de kilómetros, en tu trabajo –el que tienes o el que ya no tienes–, en tu familia (que está tan maravillosamente lejos), y todo te da igual: estás en el paraíso. Sí: el paraíso. Por cierto, ¿qué habrá en aquella otra isla que se ve a lo lejos? ¿Y en la de al lado? ¿Y en esa otra que se ve más allá?







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