Por las huellas del Berlín rojo

Berlín ha abrazado dos ciudades fundiéndolas en una misma cultura centroeuropea. Una excitante amalgama de tiempos pasados.

11/10/2012
 

La primera vez que pisé Berlín abandoné las maletas en el hotel y salí veloz para coger el metro en busca de los restos del Muro. Sentía ansiedad por descubrir cómo era aquella pared de hormigón que había visto en el televisor en los días siguientes al 9 de noviembre de 1989. ¿Lo recuerdan? Fueron las imágenes de las horas posteriores a la caída de la pared separatista: cientos de berlineses, del Este y del Oeste, se agolpaban encima y delante del muro, festejando el derrumbe de una frontera que desde el sofá del comedor parecía aterradora.

Tras preguntar a varios transeúntes, sin éxito alguno, conseguí llegar a una avenida en la que había una pared que no me pareció especialmente amenazadora. Se me antojó que no podía ser aquello: a plena luz del día y con aquellos grafitis y pinturas coloridas más parecía una valla publicitaria que el cinturón opresor que había tenido a la Alemania Democrática aislada durante años. Sin embargo, aquellos 1,3 kilómetros de la calle Muhlenstrasse, junto al río Spree, sí que resultaron ser restos del Muro, de hecho, uno de los pedazos más grandes que se ha conservado.

Siempre que regreso a la ciudad tengo la misma impresión: si uno quiere ver una reproducción más o menos fidedigna del Muro, East Side Gallery, la anterior dirección, no es desde mi punto de vista el mejor lugar: los murales del Trabant o el beso entre el presidente Erik Honecker y Leonid Brezhnev le dan un toque demasiado festivo a algo que no lo fue en absoluto. Lo mejor para empaparse de la opresión de aquel despropósito es llegar hasta la calle Bernauer: allí, entre Acker y Berg, se halla el museo dedicado al Muro, que cuenta con un excelente centro de documentación y justo enfrente, un trozo de hormigón tal y como fue en su día: sobrio, triste y patético.

Cicatrices comunistas

Sin duda son más profundas en unos rincones que en otros y, por ejemplo, Bernauer es un claro exponente de la locura que supuso la construcción de una frontera en mitad de la ciudad: esta arteria fue testigo de momentos especialmente trágicos ya que las fachadas de sus edificios configuraban la frontera y la acera era Occidente, por lo que era bastante habitual que los vecinos se tirasen por la ventana en un intento desesperado de alcanzar la ansiada libertad. La calle también es famosa porque fue allí donde un fotógrafo captó la imagen que dio la vuelta al mundo de un joven policía de la RDA saltando sobre las alambradas para cruzar al Oeste.

Cuando uno piensa en el Berlín dividido la imagen que viene a la mente es la del Muro que la RDA empezó a levantar en 1961 para evitar la fuga de sus habitantes y que estuvo en pie hasta finales de 1989. Esa frontera era la que se veía pero muchos ignoran que bajo el suelo existían otros muchos muros.

En los primeros años hubo en el exterior una pared de primera generación, poco más que una alambrada; después llegaría la de segunda generación a la que siguió una de tercera, puesta en marcha a partir del 68. Incluso se planeó ampliar el muro a finales de los 80, dotándolo de mayor tecnología. Las dificultades para cruzarlo eran cada vez mayores: perros, militares, zanjas anti-vehículos, cercas electrificadas… así que los alemanes del Este se las ingeniaban para huir bajo tierra, a través de túneles y del sistema de alcantarillado.

Cada huida era un quebradero de cabeza para el Estado comunista y por eso se empleaban a fondo imaginando todo tipo de soluciones kafkianas para intentar evitarlas, como por ejemplo, llenar las alcantarillas de desperdicios que acababan siendo regurgitados a poco que lloviese. O construir hasta ¡75 puestos fronterizos de control bajo el suelo!

El 95% del Muro fue demolido usando sus restos para construir autopistas, aparcamientos y algunos pedazos viajaron a otros países. Los trabajos de demolición llevaron poco tiempo pero no fue hasta 1996 que no se eliminó el último paso fronterizo construido bajo tierra: lógicamente, estas fronteras generaron más problemas ya que no podía emplearse maquinaria pesada en su eliminación.

 

Un reloj parado

Berlín es una metrópoli en constante ebullición y ha sabido metamorfosearse en pocos años, pero sigue conservando ese halo que sólo poseen las urbes de pasado comunista. Y es que la línea divisoria no fue sólo una pared de piedra, sino también de tiempo: en el Este parecía que el reloj se hubiese parado y mientras en el Oeste circulaban vehículos de todo tipo y la gente vestía vaqueros Levi’s, en el lado oriental sólo se veían Trabants y los vaqueros eran de producción nacional, de la marca Boxer.

La RDA resultaba la mar de exótica, tanto era así que los programas turísticos de Occidente incluían un alto en el camino en la Postdamer Platz, que en aquel entonces nada tenía que ver con la actual: desde una especie de pequeña plataforma, los turistas podían ver el terreno yermo al otro lado del Muro y espantarse ante la imagen del comunismo. Llamados por la curiosidad, un gran número de berlineses occidentales cruzaban al Este cuando tenían oportunidad (al principio no estaba permitido hacerlo pero luego se estableció un visado que duraba menos de un día). Para ellos era como entrar en otro mundo.

 

Uniformidad de los ciudadanos

Esas reminiscencias del pasado se siguen notando en la actualidad en el territorio que antes perteneció a los rojos, aunque en ocasiones al visitante le cueste discernir si está del que fuera lado oriental u occidental. Por ejemplo se nota en la arquitectura: para ver construcciones socialistas nada mejor que ir a la avenida Karl-Marx, denominada anteriormente Stalinallee. A ambos lados se alinean hileras de edificios que entre los años 70 y finales de los 80 fueron la joya de la construcción comunista. Tener una casa era considerado como una necesidad básica así que los alquileres estaban subvencionados, pero eso sí, la uniformidad de los ciudadanos era tal que se reflejaba en el interior de los hogares: misma distribución, similares muebles, mismos productos que consumir… cuando los había, evidentemente.

El flashback también está garantizado en el museo de la RDA: en esta curiosa pinacoteca interactiva uno puede sentarse en el salón de una casa del Este, hurgar en los cajones de la cocina, escuchar programas de radio de la época o incluso ponerse los auriculares cual miembro de la Stasi, el temible Ministerio para la Seguridad del Estado.

La visita se completa con una pequeña tienda en la que los nostálgicos y los curiosos pueden encontrar, entre otros, Vita-Cola, la bebida refrescante cuya producción se paralizó con la caída del Muro pero que volvió a producirse años después. Otro museo curioso es el DDR Motorcycle Museum, dedicado a las motocicletas producidas en el sector comunista.

Otras instalaciones de pasado truculento que pueden visitarse son las relacionadas con la Stasi. La Stasi fue la policía secreta del partido oficial de la RDA y el instrumento más importante para sostener la dictadura: llegó a tener 91.000 empleados oficiales y 180.000 colaboradores encargados de vigilar a cualquiera que pudiera resultar sospechoso. Y cualquiera podía resultarlo, dada su paranoia: para hacerse una idea de sus métodos y de lo enfermizo del sistema es de visita obligada el museo de la Stasi, en el barrio de Lichtenberg, anteriormente su cuartel general.

En este escalofriante edificio, de tintes soviéticos y dimensiones totalmente desmesuradas se muestran las artimañas empleadas para controlar a la población: micros camuflados, cámaras, armas, un camión cárcel para el traslado de prisioneros... También puede verse la oficina de Erich Mielke, director del aparato policial hasta su desarme. Aunque lo que realmente sobrecoge el corazón es Hohenschönhausen, la cárcel de la Stasi: fue campo de encarcelación soviético después de la II Guerra Mundial y a principios de los cincuenta pasó a manos de la Seguridad del Estado, que lo utilizó como cárcel. Allí iban a parar los ciudadanos que intentaban huir, aquellos que discrepaban de las ideas del régimen, políticos caídos en desgracia, Testigos de Jehová o, incluso, críticos con el sistema que vivían en el Oeste…

El enorme complejo carcelario era una zona secreta, ni siquiera aparecía en los mapas, y ningún ciudadano de la RDA que no trabajase en la Stasi podía acceder a ella. Los propios prisioneros tuvieron que construir las celdas en el sótano, denominado U-boot (submarino), porque sus habitáculos no tenían ni ventanas ni ventilación. Paradójicamente fueron aquellos presos que consiguieron salvar la vida quienes impulsaron el proyecto de conservar el centro como lugar conmemorativo y centro de exposiciones una vez se acabó el régimen.

 

Palacio de las Lágrimas

Dividir Berlín conllevó además imaginar una nueva estructura de transporte público: algunos trenes occidentales seguían circulando por el subsuelo oriental, por estaciones denominadas fantasmas en las que no paraban. En sus andenes era habitual que hubiese militares armados y, al recorrer dichas estaciones (Jannowitzbrücke, Bernauer Strasse, Unter den Linden fueron algunas de las quince que existieron), los vehículos aminoraban la marcha (a unos 25 km/h), situación que era aprovechada por ciudadanos del Este para intentar colarse en ellos.

Friedrichstrasse, situada en el sector oriental, fue una excepción: allí confluían las líneas del este y las del oeste y la estación, que fue conocida como Palacio de las Lágrimas, tenía un andén para la RFA y otro para la RDA. Un telón de acero que llegaba hasta el tejado separaba los andenes: el sur se utilizaba para los viajes a la RFA. Sus ciudadanos podían hacer trasbordo desde allí hacia otros trenes, pero para los del Este ésta era la última parada.

Aseguran los lugareños que fue precisamente este afán por tenerlo todo bajo control lo que llevó a construir una torre de televisión tan alta, cuya esbelta figura (368 metros) puede verse desde casi cualquier punto de la ciudad. Se erigió en 1969, aunque fue ideada mucho antes por Hermann Henselmann, el planificador de la Karl-Marx-Allee.

En la actualidad la esfera de la Fernsehturm acoge un espléndido mirador así como un restaurante giratorio que ofrece una espectacular panorámica de 360 grados de toda la urbe. Popularmente se la conoce como Telespargel  (mondadientes), y en los años del régimen comunista también se la denominó La Venganza del Papa. ¿Por qué del Santo Padre? Pues porque curiosamente, al atardecer, la sombra de la antena dibujaba en los edificios una enorme cruz… Una situación insólita que a ningún ideólogo comunista se le pasó por la cabeza en el momento de su construcción.

La Ostalgie

Aunque las huellas comunistas son más evidentes en lo que fue el Berlín oriental, la zona occidental también se ha visto contaminada por signos rojos, lo que a buen seguro sería visto como un éxito por los impulsores del régimen. Por ejemplo, el Ampelmann, el simpático hombrecillo luminoso de los semáforos creado en la RDA y que cumplió cincuenta años en 2010, actualmente es la imagen del Berlín unificado.

Por otro lado, el Muro, otrora pared levantada para protegerse del capitalismo, se vende en pedacitos por doquier y todos los turistas quieren llevarse el suyo.

El Trabant (el nombre significa literalmente compañero), vehículo oficial de la época y que podía tardar hasta 16 años en ser entregado a su abnegado dueño, constituye un gran reclamo turístico en la actualidad para realizar recorridos por la ciudad.

Lo llaman Ostalgie, la nostalgia del Este. A muchos no les gusta que se explote comercialmente este pedazo reciente y doloroso de su historia, piensan que se ha creado una especie de parque temático del comunismo e, indudablemente, si los impulsores de la RDA pudiesen verlo, se horrorizarían al comprobar que los símbolos de su ideología han pasado a ser souvenirs turísticos.

Pero es que, ironías del destino y aunque parezcan ideas totalmente contrapuestas, el comunismo vende. Y mucho.







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