La Habana vuelta abajo

Cuba y el placer de fumar están unidos por una tradición de siglos que se mece en las vegas de Pinar del Río. Crónica escrita en puro habano.

05/10/2012
 

Cuba es una isla libre de humos. Cuando el viajero llega al aeropuerto internacional José Martí sorprende encontrar a una gente feliz que aguarda sus maletas con el primer cigarro del Nuevo Mundo ya prendido. Si uno además acude con una comitiva de reputados sibaritas guiados por el aroma del vuelta abajo, la emoción del primer veguero es casi un recital lírico.

Toda la isla es un gran smoking room, lo que no contradice para nada lo que hace algún tiempo me contaron Los Carpinteros, el dúo de artistas plásticos cubanos de mayor proyección internacional, en el sentido de que la isla se parecía a un gran almacén de Ikea. Se puede imaginar perfectamente de ambas maneras. Los balseros construyen la balsa, los mecánicos crean coches basados en la perpetua metamorfosis, los científicos anuncian nuevas patentes en Marianao, los soneros cantan en llano y de manos expertas nace con amor y la lentitud debida un buen habano, parto natural de este país al borde del milagro.

Unos días después de que nuestra comitiva humeante estuviera en La Habana, los humos papales invadieron de forma masiva la mítica Plaza de La Revolución, ese descampado de fervores multitudinarios vigilado permanentemente por las efigies de Martí, de Fidel, del Che y de Camilo Cienfuegos. Humos. Muchos humos. Si a eso añadimos que en la isla, pese al materialismo histórico, hay un santo para cada ocasión y un traguito de ron a la mínima, también se puede desprender que las ocasiones para prenderse un veguerito están garantizadas y aprobadas por la costumbre.

Todo se aprovecha en Cuba en una reencarnación lujuriosa de posibilidades y el tabaco marca ese tempo para disfrutar, esa exhalación sagrada, ese atributo de elegancia que ya los chamanes behikes mostraban en sus ceremonias y que ahora puede alumbrar un paseo por el Malecón o perderse como un chivato encendido en las profundidades de la noche habanera. No hay peligro cuando la torcedura encuentra su acomodo en la boca y la noche precipita esa descarga de deseos encadenados. Todo lo ventila la brisa caribeña. Todo lo ofrece y lo reclama para sí esta ciudad lujuriosa en un infinito ajuste de cuentas con tu propia riqueza o ruina, ya que se permite apostar de las dos maneras, desde la riqueza o la ruina.

Cada año se celebra en La Habana el Festival del Habano y cada año acuden a la ciudad gourmets de medio mundo (este año había abundancia de ucranianos, japoneses y rusos, gentes al alza en esto del fumeque) que vienen en busca del tesoro que, desde el siglo XVI, sigue elaborándose en la isla con las artes y la delicadeza de la primera labor. Porque en los cigarros hay una suerte de antropología latente, una historia de siglos que no puede ocultar la fuerza del ritual de encendido por mucho que se haga de forma espontánea. El cigarro habano es además religión. Un símbolo fálico que gusta igual a hombres que mujeres. Y es por ello que en la Gala nocturna del Palacio de Exhibiciones los fotógrafos buscaban desesperadamente a señoritas de procedencias exóticas que con el Romeo y Julieta conmemorativo de turno podían convertirse de repente en apariciones muy hot en las televisiones de Taiwan y Singapur, de Sydney o San Petersburgo. Es lo que ocurre en un mundo global. Y las modelos eran espectacularmente bellas.

Puros y soneros hubo esa noche de tiros largos en la que ocurrió un pequeño milagro al menos para este cazador de mitos: de repente sobre el escenario se oyó un grito de blues y ahí estaba el gran Jim Belushi (hermano del mítico John) rompiendo el bloqueo mental y político de propios y extraños mientras otro grande (Phil Manzanera, Roxy Music) le daba a la guitarra unos acordes eléctricos muy al estilo de Chicago. ¿Qué pintaba Chicago en La Habana? Es como preguntarse por qué hay noches que son muy parecidas en ciudades distantes, y en cierto modo distintas. En la noche habanera todo el mundo se vuelve habano, puro habano.

Se puede fantasear, aventurar o elucubrar muchas cosas con Cuba, buenas y malas (nunca una isla tan pequeña ha dado tal caudal de noticias desde la llegada de Fidel), pero ir a fumar a Cuba no cabe duda que es un buen plan. En estos tiempos en los que los adictos al tabaco tienen que refugiarse en lúgubres cuartos reservados o en lujosas cavas –es decir, dos tipos de sectas unidas por la absoluta dependencia–, encontrar espacio y aceptación, cultura y complicidad es lo que más se agradece. Casi aunque no fumes. Casi aunque el último cigarro que te has llevado a los labios figure en el manoseado álbum de una boda familiar. Si a eso añadimos esa humedad tan especial del Caribe (brea y salitre), los puros no necesitan esos costosos artilugios de maderas nobles para conservarlos en su grado de apetencia, como por ejemplo en el secarral madrileño.

Ciencia radical

 

Los señores de Altadis (vamos a citar a nuestros elegantes anfitriones) llevan años entendiéndose en la mezcla de negocios y picadura con las autoridades cubanas y nos obsequiaron al pequeño grupo (mezcla también de edades y picaduras) con un  recital a pleno pulmón: un simpático sommelier de Cuenca, José Andrés, nada más acabar el desayuno iba suministrándonos un cigarro adecuado al momento y al paisaje. Es decir, no es lo mismo fumarse un Half Corona de Uppman recién levantado o cometer el sacrilegio de encender un Behike en el baño o desparramar un robusto Partagás tamaño familiar por las sábanas blancas del hotel, aunque todo ello tiene también ese rebelde punto de transgresión que le gustaría a Groucho Marx.

José Andrés concede al tabaco la necesaria virtud de la música y la poesía: hay que fumar con la nota y el verso adecuados, nunca antes, ni después, con esa disciplinada vanidad de muchas damas y caballeros con el cigarro entre los labios. Así trascurrían las horas que en La Habana corren perezosas para los cubanos pero muy deprisa para los viajeros. Las vitolas adornan como viñetas el recuerdo: un número 2 por aquí, un número 5 por allá, un Hoyo de Monterrey como una lanza y un San Cristóbal conmemorativo del 520 aniversario del feliz hallazgo. Las posibilidades habaneras son, ya digo, un kamasutra de tamaños y grosores en el que cada uno demuestra su personalidad o, mejor dicho, la manera de consumir.

Nada más llegar nos fuimos al campo, a Pinar del Rey, encantadora ciudad tranquila y orgullosa de la que ya Francisco de Rojas tuvo noticia de su frondosa vega en el año 1578, fumando en el microbús, como niños rociados de crema antisolar con gorrita y gafas de sol. Estábamos avisados de los tábanos y de los ingenieros agrónomos, pero marchábamos como pioneros a Pinar del Río donde empezó el fenómeno, por decirlo a la cubana, El Fenómeno. Esos campos del señor que tienen la altura, el fermento, la orientación especial para alumbrar las mejores plantaciones del mundo que los guajiros cultivan en fincas como si fueran hijos naturales. Sembrando vientos mansos, tapando con arpilleras los secaderos, hablando a esas hojas que pronto serán clasificadas para la labor: las más finas en la vaina, las más aceitosas y duras para alumbrar el núcleo duro del cigarro, motor de explosión del placer.

La hoja de la capa es el vestido del tabaco, su smoking más lujoso, y se cuida especialmente con el tapado, menos deslumbramiento solar, un color más fino, ese carmelita gozoso en lo que los expertos adivinan la salud y el placer al mismo tiempo. Las telas, auténticas velas de los campos, protegen de los rayos que queman y crean un microclima normalmente húmedo. Los campos son de este modo como una goleta al viento que reciben las ráfagas de Oriente y Levante y que van poniendo rumbo a la cosecha sin levantar nunca los pies del suelo. Porque el tabaco, como vamos a ver, es también una ciencia radical, de la raíz. Alfredo González, pinareño e ingeniero, asegura: “Todo el que fuma puros lo tiene claro, éste del Pinar es el mejor tabaco del mundo, lo dice la gente de la Patagonia y del Ártico. Ahora bien, la historia está cogida en laca: hace ahora 520 años que Colón entró en la provincia de Holguín y con el paso de los años ese desarrollo impulsado desde Occidente fue dando mejores resultados, un tabaco más fino y aromático que a medida que fuimos avanzando se comprobó”. Alfredo habla de arena y arcilla e insinúa que eso hace que “el sistema radical de la planta se desarrolle libremente, porque un gigante con pies pequeños no funciona”. El tabaco cubano tiene así raíz bien plantada para sostener a esas 16 ó 18 hojas que coronan la catedral. “El trabajo del veguero es fundamental, él ha recibido de sus antepasados la cultura del tabaco y es el único que puede conseguir una calidad, como dicen los que fuman, Premium”.Y allí andamos en la vega sintiendo el dichoso microclima y nos metemos en el secadero que parece de esas iglesias románicas y campesinas milagrosamente dispuestas para el culto. El orden es perfecto en toda la nave, los tamaños de las hojas impolutas, la gama de castaños, de los que van volviéndose castaños o amarillos desde el verde, infinita.

 

Giovanni, el veguero de la finca, va con su uniforme beige y sus botas de agua. Hay algo en él de campesino que hace años se dedica a una labor de curandero. Una agricultura delicada y erótica. “Para conseguir una buena calidad hay que tratar el tabaco con delicadeza, observarlo, caminarlo”. Y aclara Giovanni que a tanto llega el mimo con sus plantas que sólo permite el estiércol de lombriz que produce con sus chanchos y sus gallinas en el pequeño corral cercano donde corretean unos niños. 

En la factoría de Cohiba, palacete afrancesado y gozoso, conocemos a Marlene, una Carmen cubana que trabaja desde siempre en El Laguito, que es como se conoce esa mansión convertida a fábrica, pero fábrica modelo, casi tanto como la espléndida fama de la vitola del damero. Me acerco a Marlene porque hay a su lado un pequeño reclamo de costurera, un leitmotiv que inspira sus horas: “Oh Dios no te pido que me des, pero ponme dónde haya”. Ella está poniéndole unas vitolas a unos Behike, un puro que en el mercado suele valer unos cuarenta euros al cambio, la gama alta, el placer supremo de los míticos Cohiba.

Al son de la literatura

 

Ustedes seguro que ya conocen la historia de esas fábricas de tabaco –como la Carmen inmortal y sevillana de Próspero Merimée– en las que para pasar el rato y combatir el tedio, un lector –a menudo un estudiante con fiebres románticas– rompía el silencio concentrado y preciso de los operarios con lecturas como las de Alejandro Dumas, la más celebrada de todas, que dio origen al Conde de Montecristo o que hizo llevar la vitola de Romeo y Julieta a otra obra del talento humano, la de Shakespeare. Pero ustedes tal vez no pueden imaginar esa tarde que cae sobre el Caribe y un aguacero que descarga sobre los tamarindos y una voz que narra la última y terrible de aventura del jorobado de Notre Dame o de Otelo o del mismo Quijote. Lectura para pegar la hebra, para ir amasando como un tesoro la hoja de tabaco que envuelve como a un bebé recién nacido esa nueva labor hecha con las manos, mientras que un retrato del Che vigila como San José Obrero la vieja sala de paredes desconchadas donde parece que el tiempo se ha detenido.

Mantienen esas naves fabriles la solemnidad y la humedad de antaño y son como aulas universitarias de viejos pupitres y en las paredes en vez de mapamundis hay proclamas y versos de la Revolución, aquella que dio humos libres a la Cuba que se batió en Sierra Maestra y que desde 1959 observa con atención contenida la lengua de mar que le separa de las costas de Florida.

Antes de regresar a España me compré en la Casa del Habano –donde recalamos todos los iniciados– una caja de un tabaco Juan López número 2 (no lo busquen de momento en España porque todavía no ha llegado) y en la Calle Obispo una primera edición de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. Si uno deduce la calidad del viaje por lo que trae en la maleta, estos dos son auténticos tesoros. Los López están a buen recaudo en la humedad gallega porque allí se celebran muchas bodas y fumar al lado de la chimenea es placer dickensiano para aquel que en pleno invierno quiera revivir como el viejo indiano algún capítulo añorado de sus fiebres tropicales. El libro de Cabrera Infante es otro milagro de esa isla encantada donde todavía se puede fumar y que las volutas de humo lleguen desde el malecón hasta Cádiz o Miami, según se prefiera.

 

La Guarida

No se come, a mi parecer, demasiado bien en Cuba. Pero sin embargo todo sabe rico y sabroso y todo el mundo encuentra acomodo en paladares o en casas de familia y jamás falta el camarón, la yuca o la ropa vieja. Si uno va de noche a uno de esos desconchados comedores de La Guarida (www.laguarida.com) descubre grandes cosas como la belleza del ceviche cuando suena la música de Bola de Nieve o el acento de los camarones cuando desde la pared les mira el mismísimo Don José Lezama Lima.

Hay rumor de fantasmas y de cuartos de doncellas, de juegos de caballeretes y damiselas en este lugar tan especial que concita todo el hechizo habanero: la gente tomándose con la mayor de las flemas la ruina, el gozo inmortal de un momento que puede ser un danzón, un mojito o ese tabaco que de nuevo prende en estos comedores la llama tenue de su extravío.

Y ya de noche empieza la rumba, y los pasos, como dijo Alejo Carpentier, son pasos perdidos, ecos amortiguados de deseos extintos o brillos fosforescentes de animales felinos que cruzan los soportales de Centro Habana como prófugos en busca del placer o que, en la barra de los clubes de lujo y los hoteles de la prensa internacional, van tejiendo esa telaraña narcótica del bolero que te enreda en su palpitación casi asfixiante. Tal que es placer de solteros llegar a solas al hotel del Parque Central y abrir de par en par la ventana que da al Paseo del Prado y encender otro tabaco más y seguir soñando la misma película. Dicen que si uno toma rumbo al Oriente va vuelta abajo. La Habana vuelta abajo.

 

 

 







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