Donde nacen los relojes

Viajamos hasta el pueblo suizo de Le Brassus, en el Valle de Joux, al norte de Ginebra, para visitar uno de los epicentros de la poderosa relojería suiza.

03/10/2012
 

La serpenteante y hermosa carretera que asciende desde Ginebra al Valle de Joux recorriendo el cordal del Jura (a unos cincuenta km. al norte de la capital), a menudo queda sepultada por la nieve y las modernas máquinas tienen que trabajar a destajo día y noche para restablecer la circulación, para que no se queden aislados sus habitantes. En ocasiones no lo consiguen.

Retrocedamos ahora en el tiempo unos cuantos siglos, cuando no existían los coches ni mucho menos las quitanieves, e imaginemos cómo eran aquellos inviernos para la gente del Valle. Incomunicados, confinados de puertas para adentro, sin poder realizar prácticamente ninguna actividad exterior. En esos largos y fríos meses se fue desarrollando en pequeños talleres domésticos, a la lumbre de un modesto candil, el oficio de relojero. Quizá porque poco más se podía hacer para subsistir. Quizá porque aquí convergían las circunstancias idóneas para fomentar las cualidades indispensables de esta labor: una paciencia monacal y una habilidad de cirujano. O quizá porque ser capaces de controlar el paso del tiempo a través de los mecanismos que fabricaban era la única forma de no ser engullidos por éste, de matar las lentas horas que les sparaban de la siguiente primavera. 

Sea como fuere, en el Valle de Joux (junto a otras zonas, como Neuchâtel) se empezó a forjar la poderosa industria relojera suiza. La sabiduría artesanal fue pasando de padres a hijos, de generación en generación, y esas familias se convirtieron con el tiempo en poderosas marcas.

Al pasear por el pueblo de Le Brassus comprobamos que la industria sigue en plena forma. Aquí se concentran las manufacturas de las marcas más importantes. Nos sorprende especialmente la de Audemars Piguet, la única firma de Alta Relojería que continúa en poder de las familias fundadoras. Su historia se remonta a 1875, cuando dos jóvenes emprendedores, Jules-Louis Audemars y Edward-Auguste Piguet, unieron su ingenio para compartir una pasión común: la creación, diseño y producción de piezas de relojería de alta complicación. Su empeño en crear relojes de pulsera en un tiempo en el que predominaban los de bolsillo, esa mezcla de tradición e innovación, pronto  les condujo hasta un éxito que se repetiría sucesivamente hasta nuestros días. La firma es centenaria pero el edificio que acoge su manufactura es nuevo (2009), algo que salta a la vista cuando se visitan sus instalaciones, construidas siguiendo los rigurosos criterios de sostenibilidad de la etiqueta federal Minergie-Eco. En su interior, un personal sorprendentemente joven, ataviado con batas blancas y rodeados de una modernísima instrumentación propia de un laboratorio, idea, fabrica y restaura las centenares de piezas que componen sus relojes. Aquellos que lucen en sus muñecas celebrities (Leo Messi, Shaquille O'Neall, Quincy Jones...) en las fotografías que decoran las paredes; aquellos que hoy son codiciados en los cinco continentes. Pero recuerda que todo empezó en un pequeño taller doméstico, a la luz de un modesto candil.







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