Bangkok de las tentaciones

La capital de Tailandia, la ciudad que nunca duerme. Un hervidero de más de seis millones de habitantes, y miles de turistas.

06/10/2012
 

Al final de la calle Khao San las luces de neón se confunden con el bullicio de la gente. ­Una multitud sudorosa en plena noche camina sorteando carritos de comida humeantes que desprenden un olor a aceite rancio poco apetecible. Los puestos de artículos de imitación invaden la estrecha calle. Hay quien grita a un turista para llamar su atención. Un vendedor agita un fajo de bahts reclamando algo de cambio. Un mochilero intenta abrirse paso entre la multitud en dirección a los bares mientras golpea sin querer a una joven en bicicleta. Intenta dirigirse al Gulliver´s, en la zona más abarrotada de la calle más concurrida de la ciudad, la referencia de todos los que acuden a Bangkok en busca de emoción y nuevas experiencias.

Bangkok te recibe así, duro, frenético, directo, tanto como el mismo golpe de calor que te invade al poner el pie fuera del taxi del aeropuerto a la ciudad. Nunca antes, porque el aire acondicionado funciona al máximo en cualquier rincón y provoca una rápida reflexión. Tanto calor húmedo les ha hecho reaccionar y usar la tecnología sin medida. El derroche es continuo y desmesurado. Aunque pidas que lo bajen en el propio taxi lo mantienen con el marcador a tope incluso en el infernal atasco de bienvenida.

Un mundo de contrastes

A pesar de que cuenten que Bangkok es una ciudad caótica, con esos atascos incluidos, saben vivir en su propio orden, en su propio caos, algo mucho más difícil que respetar los colores de un semáforo sin más. Un cruce abarrotado de motocicletas, tuk-tuks, taxis, coches, camionetas y todas pasando a la vez, puede ser un lugar más seguro que algunas de las calles europeas, por complicado que parezca, porque entre frenazos, volantazos y acelerones saben convivir manteniendo la calma. Una tranquilidad que aparece cuando menos te lo esperas, en mitad del tráfico, en una calle concurrida, porque puedes perderte, salirte, y en la calle paralela encontrar el mínimo silencio en alguno de los pequeños templos repartidos por la ciudad. Allí sólo tienes que entrar y respirar hondo por un momento, disfrutar de su estanque, su pequeño jardín y mirar la figura del Buda, ya sea el sonriente, el tumbado, e iniciar la meditación, la oración, con un ritual, encender un palito de incienso y sentarte enfrente de él. Siempre descalzo y siempre sin que los pies apunten hacia la figura, en una genuflexión algo complicada para los poco elásticos o no iniciados. Y para los curiosos, están prohibidas las fotos en los lugares de culto.?

La religión está muy presente en la sociedad por oscuros que sean algunos de sus negocios y marca su comportamiento para poder vivir en ese caos. “Nosotros no robamos y luego pedimos perdón como hacéis los cristianos, simplemente no lo hacemos”, comenta un autóctono explicando la relación entre la seguridad de la calle y la moralidad de cada uno. 

La calle es el fiel reflejo de su profundo contraste. Un insufrible atasco en Rama I Road a bordo de un tuk-tuk, saboreando toda clase de humos negros de motores de coches en sus últimos kilómetros de vida, con motos serpenteando y autobuses entorpeciendo el tráfico, puede desembocar en una callejuela junto al templo de Bamrung Mueang Road, solitaria, tranquila, con la sola presencia de unas zapatillas a la puerta de un local, donde tienes que dejar las tuyas para poder entrar y elegir uno de los masajes ofertados. Con música relajante, aromas de flores locales y el sonido de agua en un estanque, te masajean desnudo por unos diez euros durante una hora. El trato amable, siempre exquisito, y la sonrisa, hacen que repitas varias veces durante el mismo día. Sólo es uno de los placeres de una jornada habitual.

Un poco de turismo

Un tuk-tuk para al instante, el regateo se sucede por un puñado de bahts, al cambio incluso céntimos de euro, pero una vez que comienza la conversación, la negociación es inexcusable. Son comerciantes y el regateo por todo lo que esté en la calle es algo natural.

Los jardines del Gran Palacio y el Buda Esmeralda son visita obligada. Representan la ostentación y el buen gusto del arte tailandés, con sus enormes campanas de oro, los gigantescos budas, las figuras sonrientes en pose de baile y sus casas de tejados en pico tan particulares. Es el lugar con mayor presencia de turistas occidentales, así que lo mejor es huir de allí, salir del centro y cruzar el río Chao Phraya hacía lugares menos comunes.

El río está a punto de desbordarse, el agua es turbia, marrón y se mueve a gran velocidad. Mejor no caerse. A lo lejos aparece el impresionante puente de Rama VIII mientras navegamos en una barca precaria. Mezcla del avance de la ciudad y sus posibilidades reales. En la otra orilla espera el Wat Anun, el templo budista más original. Perdidos por sus callejuelas, aparecen numerosos centros de meditación, con cientos de monjes por las calles, jugando al fútbol incluso, disfrutando su zona de paz. Andan por la ciudad, normalmente en grupo, sonrientes, con la mirada tranquila, transmisores de pensamientos positivos y sosegados. Con sus mantas naranjas y la cabeza afeitada. Y dan la sensación que aportan a la ciudad un contrapeso al desenfreno que oferta. Por allí incluso hay niños bañándose en los sucios riachuelos, saltando desde los pequeños puentes, mientras las barcas con mercancías pasan junto a ellos.

Porque unas calles más abajo vuelve el trasiego más opuesto, con las camionetas de transporte de hortalizas ocupando las vías. El olor a frito, a aceite quemado, vuelve a ser protagonista. El mercado Khaek o el Ghen Wichit son ciudades en sí mismas, con puestos de venta de verduras, frutas, con todos los productos desparramados por el suelo, con motos pasando incluso por dentro del mercadillo. De nuevo el caos en su propio orden. De vuelta al centro, cualquier puesto de fruta fresca es bienvenido antes de disfrutar unos noodles o el pad thai con gambas. Su cocina sana, sin grasas, sin salsas pesadas y sin apenas carnes, es fácil relacionarla con su extrema delgadez. La comida es exquisita y muy barata. Por tan sólo cuatro euros almuerzas con comida tradicional. Y si optas por la langosta, por veinte tienes un manjar. 

Algo auténtico

Las ofertas de una ciudad sin límite pueden llevarte a vivir algo menos común, un combate de Mua Thai en Lumpini, el deporte por excelencia en Tailandia. Un ritual de inicio, un baile donde el arte dignifica al luchador, da paso a la pelea al ritmo hipnótico de flautas con apostantes descontrolados escupiendo gritos al son de los golpes. Aunque la lucha sea violenta, el combate es noble. La danza inicial refleja su expresión, el respeto por la tradición, el ring y los propios golpes. Su deporte también refleja su condición, su comportamiento, también presente en la calle, donde el color amarillo, el de su realeza, viste cada día a sus transeúntes. No nombran a su Rey en vano y si pasas ante una imagen suya, muy presente en carteles por toda la ciudad, te pedirán que le saludes y agaches la cabeza. Los códigos y las tradiciones los respetan siempre.

Aunque intentes perderte hay algo que siempre te atrapa de Bangkok. Las compras. Es imposible no toparse con un mercadillo, no regatear, comprar imitaciones, incluso hasta merece la pena visitar el bazar nocturno de Suan Lum, una extensión similar a un campo de fútbol de las compras entre tenderetes y puestos de comida. El trasiego de gentes es por momentos agobiante, los turistas convencionales adquieren maletas para llevar todo lo que han comprado. Ofrecen incluso espectáculos con karaoke, aquellos típicos locales donde en algún momento el cantante saldrá vestido de mujer para el rubor general. Cantan y se disfrazan. Así es.

Cuando se pone el sol

La noche ofrece el ambiente selecto de su emergente y ya inmenso distrito financiero, y puedes elegir cenar en el Sky Garden o salir por The Club Q, donde el cuidado es minimalista y hasta te masajean en los baños. Y después arriesgar algo más en The Tunnel. Una discoteca elegante que aparece a lo lejos de un callejón, un túnel humeante que dentro ofrece música electro algo menos comercial. O bien confiar tu suerte a algún conductor de tuk-tuk espabilado con ganas de ganarse un sobre sueldo. Tal vez un antro más salvaje como Shoi, donde el sexo es más directo y las relaciones ocurren en cualquier rincón, o que te abra alguna puerta en Chad Road al sur de la ciudad. Las drogas están prohibidas, bajo penas de cadena perpetua, aunque en la ciudad existe un tráfico de todo tipo de narcóticos.

La oferta nocturna es inmensa y hay quien confiesa que no conoce la ciudad con la luz del día. Hay locales que viven para trabajar con los viajeros más atrevidos de noche porque es cuando más dinero sacan, con el desenfreno del visitante ocasional ya sea en vicios, espectáculos, conciertos o simplemente bebidas.

Aunque ésta es sólo una de las opciones de una ciudad, puerta del despertar del sudeste asiático, que trata de disfrutar día a día. Que se muestra alegre incluso en la oscuridad, feliz con lo que tiene y que es capaz de transmitirlo. En ese desarrollo intenta occidentalizarse en las comodidades y en sus posibilidades diarias, pero no en sus costumbres, en sus valores, en una tradición que la mantiene auténtica y noble y mucho más profunda, algo que ninguna otra ciudad al otro lado del mapa podrá alcanzar. 

 

 







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