Declaraciones de amor. Volumen I.

The Pretender habla con un recién casado de una de las cosas que más le intrigan de una boda: la pedida de mano. 

12/12/2012
 

Como ya dije en mi presentación, una de las cosas que más me atormentan (y no sé ni siquiera si este verbo es el correcto para expresar lo que me provoca lo que voy a contar) es la pedida de mano. A ver, ¿esto se sigue haciendo? ¿Declararse? ¿Hincar rodilla en tierra? ¿Esconder el anillo en un postre en un restaurante caro lleno de gente envarada y que luego la novia se lo trague sin darse cuenta y acabar en urgencias? Respecto a lo último, lo sé, lo vi en una película y no recuerdo en cuál. Para todo lo demás, decidí hablar con Vicente Bustillo, uno de mis amigos más queridos y, por cierto, recién casado. Su pedida no incluye una radiografía que localiza un diamante en el interior de su novia, pero sí una historia loquísima, genial y muy amorosa en Montreal. 

¿Desde cuándo quisisteis casaros?
Yo desde que tengo uso de razón. O por lo menos desde que conocí a mi mujer, hace 18 años. Lo malo es que, de todas las mujeres del mundo, justamente me enamoré de una de esas pocas a las que les apesta la idea de la boda. Supongo que tiene que ver con su carácter introvertido. Pensar en ser la protagonista y el centro de las miradas le estresaba muchísimo, así que al final llegamos a un acuerdo para hacer algo entre la celebración íntima que ella quería y el fiestón con el que yo soñaba.

¿Siempre tuviste claro que te declararías y pedirías a tu novia la mano?
No, o tampoco me lo había planteado porque veía bastante difícil que ella accediera a casarse. Al final, después de mucho tiempo insistiendo y hablándole de las ventajas prácticas que tiene casarse (que a mí personalmente no me importaban en absoluto porque yo sólo quería casarnos por el hecho de casarnos), una tarde mientras paseábamos le pregunté por enésima vez cuándo nos íbamos a casar. Y ella respondió: "Bueno, yo no he visto ningún anillo...". Ahí vi asomarse el pequeño resquicio de un sí y decidí que se lo pediría a final de ese verano, cuando estuviésemos de vacaciones en Canadá.

¿Crees que ella sospechaba que lo harías?
Supongo que entraba dentro de sus posibilidades. Ella sabía muy bien que yo iba a recoger esa indirecta que me había tirado. Pero no, no sospechaba que iba a ser aquel día. Por cierto, me acuerdo de la fecha: fue el 30 de septiembre del año pasado.

¿Le hiciste un regalo? Si es así, ¿puedo preguntar qué era?
Sí, le regalé un anillo, por supuesto. Pero fue algo meramente simbólico. No tenía la intención de hacer algo ostentoso porque tampoco a mi mujer le hubiese gustado, así que le pedí consejo a mi amiga Marta y ella me llevó a la tienda de Mónica Vinader. El anillo que escogí tiene una piedra de ónix verde. Y a mi mujer le encantó, por cierto.

El anillo de Mónica Vinader que Vicente eligió para Bárbara, con una piedra verde. 

¿Cuántas formas de declararte pensaste? ¿Cuál decidiste? 
La verdad es que no pensé en ningún discurso ni nada especial. Tampoco imaginé que me iba a poner tan nervioso como luego me puse, pero claro... ¡quién me iba a decir que la cosa se iba a torcer tanto! Viajábamos a varias ciudades de Canadá y yo decidí que se lo pediría en Montreal, que me parecía la más romántica. Había buscado un bistró precioso en la zona de Mont-Royal, iríamos a cenar y se lo pediría en los postres. Algo muy al uso, supongo. Nada que ver con lo que pasó luego...

Y, ¿cómo fue ese momento?
Recuerdo que fue el único día de las vacaciones que llovió. Íbamos a salir del hotel a las siete de la tarde y ya no llovía: diluviaba. Bárbara propuso que nos quedásemos en el hotel y yo le dije que no, que sólo íbamos a estar una noche en Montreal y me apetecía salir a cenar. Ella no quiso ir a Mont-Royal porque nos quedaba lejos y propuso ir al Old Montreal. Ahora pienso por qué no nos metimos en un taxi y nos fuimos al restaurante que yo tenía pensado, pero en aquel momento yo estaba nervioso y no supe reaccionar al ver desmoronarse los planes. Estuvimos corriendo bajo la lluvia en busca de un bar con encanto pero todo lo que veíamos eran sitios horribles atestados de turistas. 
Estábamos calados. Bárbara se cabreó, se quedó debajo de un andamio y dijo que no andaba más. Yo entré en un diner, compré dos latas de cerveza y mientras las bebíamos debajo de aquel andamio le dije: "Mira, esto no tenía que ser así. Se suponía que esta noche tenía que ser perfecta. Tengo una cajita en el bolsillo de mi sudadera que quiero darte y necesito que todo salga bien". Ella me miró, sonrió y su humor cambió completamente. Me dijo que nos fuésemos de ese barrio ya y buscásemos un sitio chulo por el Gay Village. Como estábamos cerca de nuestro hotel, entré a coger un paraguas plegable con estampado de leopardo que Bárbara tenía y de paso pregunté al chico de la recepción por un sitio para ir a tomar algo. Nos recomendó el Mado Café, a un par de manzanas. Llovía sin parar, por cierto.
Era un sitio con una barra muy bonita y estuvimos allí tomando una copa tras otra. Lo surrealista fue que el bar resultó ser un sitio de actuaciones de travestis. Sobre las once salieron a actuar unas que imitaban a grupos de los 90, como Smashing Pumpkins, Garbage, Cranberries... Muchas de aquellas canciones, como "1979" o "I'm only happy when it rains", son las que escuchábamos cuando nos conocimos y nos vinimos muy arriba. Todavía hoy me parece todo tan delirante que parece como si lo hubiésemos soñado. Pero no: tengo vídeos que grabamos con el móvil y lo prueban.
Allí, ya muy borrachos, saqué el anillo y le pedí que se casara conmigo. Y me dijo que sí. Nos quedamos en el local hasta que cerró y terminamos hablando con una de las travestis, una negra que había tenido un novio de Canarias y le encantaba España. Ni que decir tiene que el paraguas de estampado de leopardo que Bárbara había dejado en el paragüero de la entrada había desaparecido cuando nos fuimos. En un sitio como ese era algo muy goloso... Seguía lloviendo y volvimos otra vez al hotel corriendo.
Fue una de las noches más locas y bonitas de mi vida. Al día siguiente nos levantamos al mediodía y nos fuimos a la zona de Mont-Royal. Es uno de los barrios más bonitos en los que he estado. Yo lamentaba constantemente no habérselo pedido ahí y me avergonzaba de que ese momento cumbre tan planeado hubiese en un club de travestis, pero Bárbara me dijo que a ella le había gustado tal y como había sido y que no estropease su recuerdo. Eso es lo que más me gustó de todo.







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